LA DELICADEZA, David Foenkinos
Nathalie era más bien discreta. (...) A los veinte años, el porvenir era para ella una promesa.
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...esa energía algo patética, pero tan tierna, de la desesperación. (...) Al cabo de treinta segundos, consiguió incluso arrancarle una sonrisa a Nathalie. Había abierto brecha en el anonimato.
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Nathalie accedió a sentarse con ese desconocido (...) desde el primer momento le atrajo esa mezcla de titubeo y de soltura, de torpeza y de atractivo.
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Al cabo de diez minutos, ya ni se acordaban de la escena inicial, de cómo la había abordado en plena calle. Tenían la sensación de conocerse ya, la sensación de que si estaban ahí, juntos, era porque habían quedado.
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Trataban de no dejarse encerrar, de eludir la trampa del hastío.
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Estaba leyendo una larga novela rusa, de un escritor menos conocido que Tolstoi o Dostoievski, un hecho este que puede incitar a reflexionar sobre la injusticia de la posteridad.
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Le daba la impresión de haberse convertido de pronto en el ombligo del mundo, cuando su propio mundo había dejado de existir. (...) ¿Acaso sabe uno cómo sobrevivir a una tragedia así? No hay fórmulas. Cada uno lee lo que escribe su cuerpo. Nathalie satisfacía su deseo de estar ahí, llorando en el bordillo de la acera, dejándose morir a fuerza de tanto llorar.
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Pero la mayor parte del tiempo guardaba silencio. Se pasaba el rato sentada, ausente. El silencio de esas horas la unía a Nathalie. Ambas flotaban en la anestesia de la voluntad reducida a su mínima expresión.
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En lo ojos, el tiempo se hace interminable.
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- Entonces déjala.
- Por ti, la dejo ahora mismo.
- Por mí no... Por ti.
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Hay en el duelo una fuerza contradictoria, una fuerza absoluta que lo propulsa a uno tanto a la necesidad de cambio como hacia la necesidad morbosa de la fidelidad al pasado.
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Quizá el dolor sea eso: una forma permanente de estar desarraigado de lo inmediato.
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Percibió, bajo la conversación anodina, el engranaje monstruoso de la vida en pareja.
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Nathalie llevaba tres años desmenuzando su vida en el vacío. Le habían sugerido a menudo que se separa de los recuerdos. (...) ¿Cómo se abandona un recuerdo?
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Markus (...) No le disgustaba esa vida cotidiana idéntica a sí misma. A veces tenía la impresión de ser amigo de esos desconocidos con los que se cruzaba cada día. (...) Quería estar loco, lo cual era la prueba de que no lo estaba.
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...el aspecto malva de la melancolía.
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Paradójicamente, las manifestaciones permanentes de afecto le habían hecho las cosas más difíciles. Conservaba un amargo recuerdo de esa época en la que había atraído la atenión de todos.
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Es curioso cómo a veces uno decide algo muy en serio, se dice que todo será así a partir de ahora, y basta un ínfimo gesto de los labios para quebrar la seguridad de una certeza que parecía casi eterna.
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Uno nunca debería tratar de evitarse un dolor potencial.
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Había sido la frase "aquí se sabe todo" la que la había irritado
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Parecían una pareja que lleva mucho tiempo de vida en común y ya no tiene nada que decirse; que se abandona a una suerte de meditación interior. El tiempo pasa sin apenas notarlo (y a veces también los años).
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¿Así es como se perciben las relaciones poco racionales? Pero es absurdo: ¿acaso hay algo más ilógico que una afinidad?
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Había olvidado la existencia de la ternura. Estaba excluido de la delicadeza. (...) Nathalie abrió los ojos.
