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La Coctelera

escuchoconlosojos

12 Diciembre 2011

EL CLUB DE LA BUENA ESTRELLA, Amy Tan

Pero no puedes permanecer en la oscuridad durante mucho tiempo. Algo en ti empieza a desvanecerse y entonces te vuelves como una persona hambrienta, desesperadamente ansiosa de luz. (...) ¿Puedes imaginar lo que se siente cuando uno no quiere estar dentro ni fuera, cuando desea estar en ninguna parte y desaparecer?

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No es que fuéramos desalmadas insensibles al dolor. Todas estábamos atemorizadas, todas teníamos que sobrellevar nuestras desgracias, pero desesperar era tanto como desear algo que ya estaba perdido o prolongar lo que era de por sí insoportable.

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¿Qué era peor, nos preguntábamos entre nosotras, sentarnos y esperar la muerte con el rostro apropiadamente sombrío, o buscar una manera de ser felices a pesar de todo? (...) Esa esperanza era nuestra única alegría. Y por eso dimos a nuestras reuniones el nombre de "Club de la Buena Estrella".

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Cierta vez mi madre me dijo que el Oriente es donde comienza todo, la dirección desde la que el sol se levanta, desde la que llega el viento.

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Entonces me doy cuenta de que están asustadas. (...) Ven hijas que se impacientan cuando sus madres hablan en chino, que las consideran estúpidas explican las cosas en un inglés chapurreado. Ven que la alegría y la buena estrella no significan lo mismo para sus hijas, que el concepto de "buena estrella" no existe para sus mentes americanizadas por completo. Ven hijas que les darán nietos sin ninguna esperanza de continuidad transmitida de una generación a otra.

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Así eran las familias del país que vivían sumidas en un atraso tradicional. Siempre éramos los últimos en abandonar las estúpidas costumbres antiguas.

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Yo era como una ciega caminado hacia mi destino. Pero ya no estaba asustada. Podía ver lo que había dentro de mí.

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Mi madre impartía sus verdades cotidianas para ayudarnos, a mis hermanos mayores y a mí, elevarnos por encima de nuestras circunstancias.

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Durante muchos años, ,mi madre creyó en la voluntad divina. Era como si hubiera abierto un grifo celestial que no cesaba de verter divinidad. (...) Más adelante descubrí que quizá se trataba de destino desde el principio, que la fe no era más que ilusión de que, de algún modo, ejerces el control de tu vida.

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Al ver una vez más la decepción reflejada en el rostro de mi madre, algo empezó a morir dentro de mí. Detestaba aquellas pruebas, las esperanzas que alimentábamos y las expecativas fallidas.

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Pero el semblante de mi madre fue lo que me devastó, la expresión sosegada y vacía de quien lo ha perdido todo. (...) Aquella no sería la única decepción de mi madre. Durante los años siguientes fracasé muchas veces, y en cada una de ellas afirmaba mi voluntad, mi derecho a no estar a la altura de lo que ella esperaba de mí.

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Mi madre sabe cómo tocar una fibra sensible, y el dolor que siento es peor que el de cualquier otra clase de aflicción, porque lo que ella hace me afecta siempre como una conmoción, exactamente como una sacudida eléctrica, que se instala permanentemente en mi memoria.

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- Oye, la verdad es que no te entiendo. (...) Puedes decir a los de Hacienda que se vayan a hacer puñetas, pero no eres capaz de hacer frente a tu propia madre.

(...)

- ¿Por qué no le dices que deje de torturarte?

(...)

- Pues... no sé si está legislado explícitamente, pero jamás puedes decirle a una madre china que se calle. Podrían acusarte de ser cómplice de tu propio asesinato.

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Con el paso de los años, aprendí a elegir entre las mejores opiniones. Los chinos tenían opiniones chinas, mientras que los norteamericanos las tenían norteamericanas, y en casi todos los casos la versión norteamericana era mucho mejor.

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Me digo esto para mis adentros, aunque quiero a mi hija. Ella y yo hemos compartido el mismo cuerpo. Hay una perte de su mente que forma parte de la mía. Pero cuando nació, saltó de mí como un pez resbaladizo, y desde entonces se ha alejado nadando.

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A mi hija no le gustó que le dijera que no parece china. Puso una avinagrada expresión norteamericana en su rostro. (...) Sólo su piel y su pelo son chinos. Por dentro... es norteamericana pura.

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Pero hoy comprendo que nunca he sabido realmente lo que significa ser china. Tengo treinta y seis años, mi madre ha muerto y estoy en un tren, trayendo conmigo sus sueños de regresar a casa. Voy a China.

 

 

 

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Sobre mí

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.

Desde la torre, Quevedo

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