LA ACABADORA, Michela Murgia
Fillus de anima.
Así es como llaman a los niños engendrados dos veces, por la pobreza de una mujer y por la esterilidad de otra.
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Tampoco pudo conservar el recuerdo del rostro de su madre mientras se alejaba, como si la hubiera olvidado hacía ya tiempo.
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Dos noches pasó en silencio, escudriñando con ojos bien abiertos la oscuridad para sorprender lágrimas de sangre o destellos en las aureolas.
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No resultaba fácil calcular los años de tía la Bonaria por aquel entonces, pero eran años detenidos desde hacía tiempo, como si hubiera envejecido de golpe por decisión propia y luego se hubiera limitado a esperar pacientemente a que el tiempo la alcanzara con retraso.
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Maria no lo sabía, pero la anciana la obserbava sobre todo de noche, en esas noches corrientes sin ningún pecado al que culpar de estar despierto.
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Y sin embargo, en los trece años que vivió con ella, la niña jamás la llamó mamá, porque las madres son otra cosa.
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...y de alguna de esas mentes simples siempre ansiosas de explicar las complicaciones ajenas.
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La oscuridad ya es, a su manera, una forma de perdón.
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- No morirás. sólo te amputarán la pierna.
- Es lo mismo. ¿Acaso un caballo no está muerto si se queda cojo?
- Tú no eres un caballo, Nicola.
- Justo porque no lo soy, merezco algo más que llevar toda la vida luto por mí mismo.
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- El Señor nos da y el Señor nos quita. No podemos coger sólo lo que nos gusta.
Nicola rió al oír aquella frase hecha: una risa sarcástica que contenía toda la rabia de un hombre que se siente impotente por primera vez.
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- ¿De verdad crees que mi tarea es matar a quien no tiene valor para afrontar las dificultades?
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...y miraba por la ventana, proyectándose en un mundo de rabia silenciosa.
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Mi madre encuentra motivos de alegría simplemente en cuidar de alguien. Le parece mentira que yo haya vuelto a la niñez, pero en mi caso ésa no es razón para estar en el mundo.
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Hay pensamientos que (...) sólo pueden nacer de oche y cumplen la misma función que la luna, necesaria para cambiar el sentido de las mareas en algún recoveco invisible del alma.
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Los hermanos mostraban la altivez de quienes han nacido ricos, casi parecía que desde hacía mucho tiempo no quedaba entre ellos lugar para las frágiles debilidades de la infancia.
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Las culpas, como las personas, empiezan a existir si alguien las advierte.
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Maria había comprendido que muchas cosas que suceden no son sino una parodia de las cosas pensadas.
