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La Coctelera

escuchoconlosojos

3 Noviembre 2011

LA RATONERA, Gordon Reece

Mientras íbamos de habitación en habitación, noté que el señor Jenkins me miraba continuamente, intentando dilucidar cómo una tímida muchacha de clase media había terminado con aquellas feas cicatrices en la cara.

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Había otro motivo por el que me aliviaba marcharme del "domicilio conyugal", un motivo que no quería admitir ni ante mí misma. Era la tentación de seguir queriendo a mi padre. Pese a la forma indecente como nos había tratado a mamá y a mí, pese a todos mis esfuerzos por imaginármelo como lo peor de lo peor, el vículo de sangre continuaba siendo difícil de romper.

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Mientras miraba al cielo, me gustaba imaginar que vivía en una época más simple e inocente, idealmente, una época anterior a la existencia del ser humano en la que (...) infligir daño por mero placer se desconocía por completo.

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A la luz de lo que sucedió después, a menudo he pensado en cómo el aspecto de mis antiguas amigas cambió más o menos al mismo tiempo que empezó a hacerlo su conducta hacia mí.

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Parecían mirarme de arriba abajo con un asco difuso y, por primera vez en mi vida, comencé a preocuparme por mi aspecto. (...) Fue ver su forma de mirarme, sus expresiones desdeñosas, lo que me dio la primera pista (una pista que yo todavía no estaba lista para creer) de que mis mejores amigas habían empezado a encontrarme repulsiva.

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El acoso comenzó en el mes de marzo de mi tercer año de instituto. (...) Sé que luego nos midieron y pesaron en educación física y que yo fui la chica que más pesaba de mi clase. (...) quizá, al ser oficialmente la chica más gorda de la clase, perdí, de olpe, todos mis derechos a que me trataran como un ser humano... no lo sé. No tengo la menor idea. Quizá, simplemente, la crueldad tiene su propia lógica.

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Pronto se aburrieron de insultarme. Necesitaron pasar a otro nivel de maldad para que el juego continuara interesándoles.

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Yo no soportaba la idea de que supiera cuánto me odiaban (...) porque, en el fondo, no lograba despojarme de la sensación de que, por alguna razón, lo que sucedía era culpa mía, de que, por alguna razón, la culpable era yo.

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Mi muda sumisión no me salvó. Con el tiempo, mis "mejores amigas" dejaron de dirigir su agresividad hacia mis objetos personales y la tomaron con mi persona.

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Yo anotaba todo lo que me hacían en mi diario. (...) Me sorprende su falta de emotividad, casi como si hubiera estado describiendo algo que no me sucedía a mí.

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Siempre llevaba manga larga para esconder los moratones de los brazos y pañuelos para disimular los arañazos del cuello. tenía que ponerme pijama en vez de mi camisón habitual o ella habría visto los cardenales amarillos y negros que me acribillaban las espinillas y los muslos como síntomas de una espantosa nueva enfermedad.

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Pasó mucho tiempo antes de que estuviera lo bastante calmada para recoger el gorrión muerto y sacarlo de la basura. Después de aquello, supe que habían ganado; fue entonces cuando supe que ya no podía seguir sopotando el miedo, el dolor y la humillación.

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Después de mucho pensar, me decidí sobre la mejor forma de hacerlo...

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Pero, aunque estuve más de media hora intentándolo, no se me ocurrió nada que decir. (...) No entendía por qué no podía sincerarme con ella. Lo único que era capaz de pensar era que, por muy unidos que estemos a otra persona, hay límites, fronteras entre nosotros que no podemos cruzar, cosas que nos afectan tanto que no las podemos confiar a nadie. "Lo que no podemos confiar a nadie -pensé- quizá sea lo que nos define de verdad".

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...y las consolaban, convencidos de que sus queridas hijas eran incapaces de hacer algo tan bárbaro como prender fuego a la cara de otra chica.

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Hay personas que habrían llevado a la cadena de televisión local a su casa para que filmara las cicatrices de mi cara y cuello. (...) Pero nosotras no éramos así. Éramos ratones. Con docilidad, dimos las gracias al inspector de policía y aceptamos que no se pudiera emprender ninguna acción legal. Con docilidad, aceptamos la decisión del director de no castigar a sus tres alumnas. Con docilidad, aceptamos, nos rendimos, no dijimos nada, porque la sumisión es lo único que los ratones conocen.

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- Quiero pedirte perdón, Shelley.

- ¿Por qué?

- Por defraudarte. Por no protegerte de esas chicas tan espantosas.

Mi respuesta fue tan entrecortada que apenas la oyó.

- No lo sabías.

- Precisamente por eso. Deberías haber podido acudir a mí.

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Y toda aquella "cultura" , todo aquel "arte", no era más que un engaño. Nos permitía fingir que los seres humanos eran criaturas nobles e inteligentes que habían dejado atrás su pasado animal (...) Los cuadros bonitos y los poemas inteligentes no cambiaban nuestra verdadera naturaleza ni tan solo un poco.

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Quizá lo cierto sea que todos, incluso los ratones, tenemos un límite en nuestra capacidad de aguante y que, cuando se sobrepasa, algo estalla.

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Por debajo de la culpa y las recriminaciones había algo más, otra emoción, obstinada y rebelde, que se negaba a someterse al sentimimento dominante.

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Era como si mi mente, incapaz de asimilar la gravedad de los hechos mientras sucedían, tuviera que repasarlos de forma obsesiva en un intento desesperado de comprenderlos.

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Que Paul Hannigan pudiera desaparecer de la faz de la tierra sin despertar en apariencia el menor interés o preocupación parecía contradecir todo lo que me habían enseñado a creer sobre el carácter sagrado de la vida humana.

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Y me tranquilizó pensar que lo que había sucedido no había envenenado mi capacidad para forjar lazos de amistad.

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Tenía las ojeras muy marcadas esa mañana, como las manifestaciones externas de un alma enferma.

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Sobre mí

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.

Desde la torre, Quevedo

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