LO QUE ME QUEDA POR VIVIR, Elvira Lindo
Por raro que pueda parecer no fue la entonces capital de los modernos la que me había desinhibido y transformado sino la provincia, en la que sola y con un niño muy chico me sentí más desgraciada pero también más libre. Me fui progre de Madrid y volví moderna.
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...más vulnerable también por haber crecido sin madurar, aplazando el duelo de orfandad casi una década, un duelo que la rabia o el rencor habían contenido hasta encostrarlo en algún lugar del corazón. La desprotección se me hacía evidente siendo ahora yo la que debía proteger a uan criatura de tres años.
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Tal vez yo, me decía, padecía el resentimiento de los que están lejos sin querer estarlo y acusan la distancia que en unos meses de ausencia se aprecia en los detalles más banales.
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Tengo la poco aconsejable costumbre de juzgarme muy duramente, de hurgar en lo que me produce desconsuelo.
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Los amigos, mis amigos de entonces, acomodados en ese gregarismo que lo engullía todo, pareja, barrio y camaradas, y que señalaba cualquier signo de independencia, desde buscar pareja en otro ambiente a centrarse en una ambición personal y no compartida, como un abandono del grupo, como una traición.
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Pero no fue posible, no cuajó, venció finalmente esa creencia tan tóxica de que sólo quien te hace sentir un poco inferior posee atractivo y es, a su vez, merecedor de cariño.
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Qué pocas veces supe perseguir lo que quería. Hay un mecanismo por el cual uno conseigue convencerse de que lo que se tiene es lo que se desea y a él me acomodé yo algunos años.
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...sino de comprobar la nula perspicacia de mi novio que, como tantos amigos, parecía querer defender o representar con ideas abstractas a un pueblo llano del que, en la práctica, tenía un gran desconocimiento.
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La pequeña ha convertido aquel carácter inocente y confiado de su infancia en un temperamento irónico que camufla todo aquello que desea expresar, desde el amor hasta la melancolía.
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Los actos de los muertos no pueden modificarse, ni discutirse, así que cualquier hallazgo sobre su pasado nos trastorna más que consolarnos.
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"Yo también te quiero" (...) La frase ha traspasado los años, los filtros de la memoria, las escenas inasumibles que sucediron luego. (...) Qué viaje más largo ha hecho esta frase en el tiempo, de ser vergonzante a ser mi tesoro: frase inacabada o acabada de una manera que yo no supe interpretar, ha vuelto muchas veces a mi memoria teniendo un efecto balsámico sobre estos otros recuerdos de la vida familiar que voluntariamente me callo y tratod e olvidar.
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Ahí estaban aún, bajo mi mirada desde un sexto piso, padre e hijo. Cada uno de ellos interpretando con naturalidad el nuevo papel de su vida, ajenos ya a esta representación, ahora pienso que forzada, a la que se aplicaban cuando estábamos los tres juntos. Siendo otros.
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...sentí con enorme dolor mi propia ingratitud.
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Veo a mi tía Celia en aquel presente que observo ahora desde una distancia de doce años, la veo como si me fuera posible estar en el cuarto de mis abuelos, balancearme en la mecedora, al lado del armario de luna, y ella no fuera un fantasma del pasado sino un espectro del futuro. (...) todo en ella desprende un aire de pesadumbre asumida (...) Es algo que no mata, que no provoca dolor físico de una enfermedad, pero desgasta hasta provocar una madurez prematura.
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No está educada para compartir la infelicidad. (...) La infelicidad es algo que ha de llevarse con discreción, dice una máxima no escrita que comparten las mujeres de este universo rural en el que pasé gran parte de mi infancia. Pero ahora que tengo una mirada más distante hacia todas ellas sé que lo que dicen, lo que callan, se acaba manifestando en desidia vital, en tics, en malhumor, en la pérdida temprana de la belleza.
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Fue divertido, como entonces, interpretar el personaje de la mujer que podía haber sido, pero ya no hay en mí verdaderos deseos de pertenencia a esta pequeña maqueta del universo, tampoco hay complejo por estar al margen, sino alivio, alivio. La única nostalgia que me duele es la de haber perdido una forma de mirar que embellecía el mundo.
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Toda la conversación giró en torno a ella, no exactamente a sus sentimientos, que se han enrocado de no expresarlos, sino a los pequeños actos que conforman el presente.
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Al decirlo, yo misma me asombré de cómo ese insignificante recuerdo, elegido entre tanta vida común, sonaba años después, cuando la amistad estaba hecha más de pasado que de presente, como la constatación del inicio de un declive.
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...el último hachazo del deterioro.
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...el pelo rebelde de su madre y los mismos ojos, aunque en los del chico no hubiera rastro de ninguna ansiedad enfermiza por atrapar esa otra vida que siempre nos estamos eprdiendo.
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Fue entonces cuando me vino el llanto, agitándome el pecho, provocándome sollozos entrecortados. No era todavía el llanto por la pérdida de mi madre, era rabia. La rabia de quien no logra encajar en situaciones convencionales.
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Eladio, al contrario que yo, resistió, sereno, sólido, el día del entierro de su madre, representó a la perfección el papel de niñoa dulto al que estaba condenado. No lo hizo por ese convencionalismo al que yo achacaba cualquier ritual en el que no sabía cómo comportarme, sino por una relación armónica con su mundo.
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Pero no sé pedírselo, he olvidado la manera en que se piden las cosas, las nimias, unas magdalenas, un vaso de leche, un Cola Cao, una mano para la frente cuando se tiene fiebre, y las fundamentales, el consuelo, la protección.
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Años más tarde dejé de interpretar cualquier pregunta personal de mi familia como una censura sobre mi vida, pero en aquella época todavía entendía cualquier comentario como una agresión, a la manera en que reaccionan los adolescentes.
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Mis padres, dados a la franqueza irreflexiva de los padres de la época, nos decsribían sin sombra de duda con dos o tres rasgos a cada uno, como si hubiéramos nacido con una etiqueta en el dedo gordo del pie que advirtiera el defecto que nos amargaría la vida y el don que habría de salvarnos.
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Eché a andar pensando en que a pesar de que la vida, la mía o la de cualquiera, sería menos solitaria si acepáramos sin reservas sentarnos a charlar con una desconocida obviando la condición tácita de poseer un pasado en común.
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En cuanto al pasado, por qué no mirarlo con otros ojos, por qué no agrandar los estrechos caminos de la memoria y hacer flexible no ya el recuerdo sino nuestra opinión sobre el recuerdo.
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...y sentías, una vez más, a tu madre fuerte pero ajena, sentías su compañía pero también la sospecha de que no eras el centro de su mundo.
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Son, para mí, los perfectos habitantes del pasado: te quieren por lo que fuiste y el cariño se prolonga hasta el presente sin una sombra de resentimiento que lo atenúe.
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...la soledad recurrente.
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El recuerdo todo lo literaturiza, lo sé, la nostalgia embellece lo perdido y crea símbolos donde no los hay, pero ese temor a la cursilería no debiera tampoco convertir en prosaico aquello que fue conmovedor.
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De lo vivido, quedará la excitación que supuso la ciudad nueva, la vida inesperada, el rejuvenecimiento que propicia integrarse en otro mundo.
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Cómo se hace para pedir ayuda, para contarle a alguien un desgarro interior que no te deja dormir (...) cómo se hace para estar triste sin humillarse, cómo aprender a comportarse correctamente, de tal manera que no tengas que pasar la vida rumiando errores que duelen más que por su gravedad por la cantidad de veces que los has repetido.
