SUKKWAN ISLAND, David Vann
Roy tuvo la sensación de llegar a una tierra encantada, un lugar que no podía ser real. (...) No hay nadie en kilómetros a la redonda, dijo su padre. Que yo sepa, nuestro vecino más cercano está a treinta kilómetros de aquí, un pequeño grupo de cabañas en una ensenada parecida. Pero están en otra isla, y ahora no me acuerdo de cuál es.
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Roy tenía la sensación de que había una especie de equiparación. Ninguno de los dos sabía qué hacer y los dos tendrían que aprender. (...) No estaba seguro de cuáles serían las reglas ahora (...) y su padre sería la única persona que vería.
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Por la noche, tarde, su padre volvió a llorar. Hablaba consigo mismo en pequeños susurros que sonaban como gemidos mientras lloraba y Roy no podía entender lo que decía su padre o descifrar cuál era el dolor de su padre ni de dónde provenía.
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Roy fingió que tenía más sueño que él y que le costaba despertarse porque quería pensar y todavía no estaba listo para unirse a la alegría y el olvido.
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Su padre seguía caminando y nunca se daba la vuelta. (...) No es una gran vista, dijo su padre, y dio la vuelta y bajaron por donde habían subido y no hablaron hasta que habían salido las nubes.
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Y se daba cuenta de que iba a ser así, casi siempre. Los días claros que habían tenido eran una rareza. La lluvia densa, y el mundo encerrado en ella, eran todo lo que iba a conocer. Ese sería su hogar.
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Hay algo más, dijo su padre. (...) Tengo una actitud más positiva. (...) Creo que ahora sería capaz. No quiero hacer que parezcan medallas al mérito, como pequeñas tareas que puedo cumplir, pero creo que ahora podría hacerlo mejor.
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Roy lo observó marcharse hasta que desapareció entre los árboles, después miró la pistola que tenía en la mano. El percutor estaba echado y veía el cartucho de cobre del interior. Bajó el percutor con la pistola apuntando lejos de él. Después echó el percutor hacia atrás, se puso el cañón en la sien, y disparó.
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Y después lloró, tanto por autocompasión como por Roy. Lo sabía y se despreciaba por ello, peró se quitó sus ropas húmedas, se puso las más abrigadas, y esta vez lloró durante horas sin interrupción, sin final, y solo se preguntaba si pararía en algún momento.
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El llanto podía empezar en cualquier momento, tenía voluntad propia, y, a pesar de lo que decían, no le hacía sentirse mejor. Era una clase terrible de llanto que solo le hacía daño y lograba que todo resultara cada vez más insoportable.
