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La Coctelera

escuchoconlosojos

29 Junio 2011

LA EVOLUCIÓN DE CALPURNIA TATE, Jacqueline Kelly

¿Qué era exactamente un naturalista? No estaba segura, pero decidí dedicar el resto del verano a ello. Si lo único que había que hacer era escribir lo que uno viera a su alrededor, sabría hacerlo.

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Hice una lista en mi cuaderno de piel roja de todo lo que se movía. ¿No era eso lo que hacían los naturalistas?

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Me contó maneras de llegar a la verdad de cualquier tema, no sólo sentándote a pensar en ello, como Aristóteles (un señor griego, listo pero confundido), sino saliendo a mirar con tus propios ojos (...) y de verificar luego la fuerza de tu conclusión una y otra vez.

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Es asombroso lo que uno puede ver cuando se sienta a mirar.

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Me pregunté qué haría yo si un murciélago chocara con mi mano. Seguramente, gritar y soltarlo; igual hasta me demayaría. Reflexioné al respecto. No me había desmayado en mi vida, pero me pareció que sonaba una experiencia interesante.

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Viola llevaba con nosotros desde siempre. (...) Sólo tenía un cuarto de sangre negra, pero eso la convertía en lo mismo que si lo fuese del todo. Supongo que en Austin hubiera podido "colar", pero era un asunto terriblemente arriesgado. Si lo hacía y la desenmascaraban, podían caerles unos azotes, la cárcel o incluso algo peor.

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Mi cuaderno progresaba a buen ritmo, con cada página llena de preguntas y alguna que otra respuesta.

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Calpurnia, harías bien en adoptar esta actitud a una edad más temprana. Invierte con atención cada una de las horas que te han tocado.

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Yo no podía dar crédito. No sólo teníamos el libro en casa, sino que también había un monstruo recogido por el mismísimo Darwin. Contemplé esa cosa y traté de darle sentido a sus muchos brazos y patas.

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- ¿Por qué juegas más con el abuelito que conmigo, Callie?

- Eso no es verdad, J.B. Contigo juego mucho. Además, el abuelito y yo no jugamos. Hacemos ciencia -respondí, presuntuosa.

- ¿Y eso qué es?

- Cuando estudias el mundo que tienes alrededor y tratas de descubrir cómo funciona.

- ¿Y yo también puedo hacerlo?

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- Veo que has observado tus primeras criaturas microscópicas -señaló, con una sonrisa-. Platón decía que toda ciencia empieza con el asombro.

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Lo que nos lleva a una cuestión interesante: ¿hasta dónde estás dispuesto a llegar en nombre de la ciencia? Eso es algo que en lo que debes reflexionar.

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- Calpurnia, descubrirás que es mala idea poner nombres a tus objetos de experimento.

- ¿Por qué? -pregunté, mientras dejaba caer a Petey y su ramita en el mayor tarro de conservas que teníamos, de un litro de capacidad, con la tapa agujereada.

- Tiende a anular la objetividad de la observación.

- No estoy segura de lo que significa eso, abuelito.

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Las plantas no me resultaban ni mucho menos tan interesantes como los insectos, ni éstos tantos como los animales, pero el abuelito me había enseñado que todos ellos eran interdependientes y que habría que estudiar y valorar todas las conexiones si se quería entenderlos.

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Hemos de cultivar el entusiasmo del profano siempre y donde lo encontremos.

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El abuelito me había enseñado que uno no puede responder a las preguntas importantes sin cultivarse lo mejor posible, y sin dedicar mucho tiempo a sospesar y calibrar las alternativas.

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Se discutió mucho sobre dónde habría que poner la centralita y el teléfono (sólo había uno). Algunos dijeron que en la limpiadora, por se el eje del comercio; otros, que en la oficina de correos; pero el alcalde, el señor Axelrod, decretó que iría en el periódico, el corazón informativo de nuestra ciudad.

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Pero ahora sabía que eso era falso, que yo era exactamente como la demás: se espera que entregara mi vida a una casa, un marido y unos hijos. Se suponía que dejaría mis estudios naturalistas, mi cuaderno y mi amado río. (...) Mi vida estaba confiscada.

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Mi clase de cocina había durado toda la tarde, pero sus frutos se consumieron en cuatro minutos escasos. Y nadie podría ahalagerme lo bastante como para compensar el hecho de haberme perdido horas con mu cuaderni, mi río, mis especímenes y mi abuelo.

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La lección de hoy es la siguiente: es más importante viajar con esperanza en el corazón que llegar sano y salvo. (...) Significa que debemos celebrar el fracaso de hoy porque es una clara señal de que nuestro viaje del descubrimiento aún no ha terminado. El día que el experimento sea un éxito será el día de su fin. Y no puedo evitar pensar que la tristeza del final es mayor que la alegría del éxito.

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- No... No me gusta todo eso de coser y bordar, no como a ti, y además, no me sale bien. Quiero hacer otras cosas con mi vida.

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Era tan evidente que me pregunté cómo no lo había visto antes. Sólo tenía que decirlo en voz alta. ¿Tendría el coraje de hacerlo, de revelarlo al alire libre? Tal vez debía probar ante Lula, a ver cómo sonaba.

- Creo -empecé y me detuve-. Creo que a lo mejor quiero ir a la universidad.

(...)

Temí que me preguntara qué hacías con el diploma especial una vez lo conseguías, porque yo no tenía ni la menor idea. Se me ocurrió la absurda y repentina superstición de que si Lula me lo preguntaba y yo no sabía responder, nunca iba a ir.

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- Últimamente no te veo mucho -comentó.

- Porque me están entrenando para ser cocinera. O esposa, creo.

(...)

- ¿Qué, Calpurnia?

- Las chicas... las chicas también pueden ser científicas. -Ambos fingimos no notar el temblor en mi voz-. ¿Verdad?

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Qué bien, un libro. (...) Al quitar el rígido papel, vi la palabra Ciencia impresa con florituras. (...) Rasgué el papel y decsubrí el título entero: La ciencia de las amas de casa.

(...)

- ¿Qué se dice, Calpurnia? -me preguntó.

(...)

Mis padres habían decretado mi cadena perpetua. (...) Una gran fatiga me inavdió como un maremoto, ahogando mi ira. Estaba demasiado cansada para seguir luchando. Así que hice lo más duro que había hecho en mi vida: me sumergí en las profundidades de mi ser y desenterré una sonrisa aguada, y murmuré:

- Gracias

(...)

Cerré los ojos, demasiado agotada para dormirme llorando.

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El abuelito me había dicho que podía hacer lo que quisiera con mi vida, y aunque algunos días le creía, otros no.

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Yo me comí la mitad de mi naranja de Navidad con ostentoso disfrute, para fastidio de los que ya se habían terminado las suyas. Guardé la otra mitad para comérmela en otro siglo. ¿Sabría diferente una naranja de 1899 de una de 1900?

 

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Sobre mí

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.

Desde la torre, Quevedo

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