NADIE VALE MÁS QUE OTRO, Lorenzo Silva
Se suponía que estábamos para los casos difíciles, los que se ponían cuesta arriba o los que por el motivo que fuera tenían mayor entidad. A veces el motivo en cuestión consistía simplemente en que los periodistas le cogieran querencia a la historia.
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No quise hacer sangre, porque no tenía ninguna utilidad y porque todos somos alguna vez en la vida novatos y metemos la pata hasta la ingle.
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- Esto está ahora mismo lleno de malos, y sólo hay una traductora rumana. Ya sabes cómo es la empresa para estas cosas.
Lo sabía, y lo había padecido a menudo. Incluso había tenido que pagar una vez a una intèrprete moldava muy poco bilingüe con parte del dinero que le había intervenido a su sospechoso compatriota. Era ilegal, claro, pero el interrogatorio me urgía.
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En el trabajo policial, como en la vida, sirve mucho más lo que has visto que lo que eres capaz de ver.
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Pero hay algo que, mal que me pese, debo agradecerles: la precaución de instalar cámaras de televisión en muchos de sus cajeros automáticos. Gracias a eso, disponemos de una red de vigilancia que no hemos de pagar (si fuera así, no la tendríamos) y que permite controlar una porción nada desdeñable del país.
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Una buena parte del trabajo policial no merece ser relatado.
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El eufemismo que había empleado, agresión sexual, era seguramente el mismo que yo habría elegido. Permitía velar los actos concretos, sustraerlos a la sensibilidad de los parientes, incluso les daba la oportunidad de representarse la ofensa de la manera menos brutal posible.
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Porque mirados bien a fondo todos somos más o menos anormales y más o menos vulgares.
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- Bueno, según las teorías modernas, los daños colaterales son inevitables en cualquier operación de restablecimiento del orden. Yo procuro no causarlos ni gratuitos ni irreversibles.
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Las mujeres suelen matar cuando ya no pueden aguantar más. Los hombres, por las razones más peregrinas y a las primeras de cambio.
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Por eso, cuando interrogo a un sospechoso (...) intento recordar en todo momento que sólo estoy autorizado a hacer sufrir a aquel que me miente, si es que para provocar algún sufrimiento puede uno considerar que tiene permiso.
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No diré que no me ha pasado, alguna que otra vez. Y nada me avergüenza más. No me gusta, ni siquiera por una presunta buena causa, sumarme al club de los que abusan de sus semejantes. (...) No me importa, porque sé que ninguna posición te redime, sino que uno enaltece o corrompe el lugar que ocupa según cómo y contra quién combate.
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La ignorancia, junto a la indiferencia, es la madre de casi todas las injusticias.
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Y podía mirar a la cara que había tenido antes de que la muerte se la vaciara de luz.
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El ser humano es culpable por naturaleza, porque en la inmensa mayoría de los casos, cuando hace una canallada, también pudo elegir no hacerla.
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A mí me gusta la vida cotidiana, y me desasosiega la excepcionalidad.
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La vida es mugre, cosas a medias y gente que no sabe estar a la altura. Lo malo es cuando a alguien se le va la olla y decide rebasar el nivel de mugre habitual.
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Así va siempre. Nadie es fuera de lo común. Hasta que se sale.
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A veces me siento un poco payaso, pero después de tantos años llevando asuntos tristes, he aprendido que uno tiene que mantener una reserva de humor para no perder las ganas de vivir.
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Lo que me dificulta ir a los tanatorios es la sensación de que cuando lo hago, con mi placa y en el desempeño de mi oficio, mi presencia resulta un atentado a la intimidad a la que tienen derecho los supervivientes, una intromisión grosera e inoportuna.
