PURGA, Sofi Oksanen
Reinaba el silencio propio de un día de finales de verano en una aldea estonia a punto de quedarse desierta; (...) Era húmedo y mudo, tranquilizador.
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Había tratado de bailar ante el espejo, tratando de imitar los movimientos y la voz de Madonna. (...) Lo intentó una y otra vez. Tenía una semana para conseguirlo. El maquillaje alemán era bueno. Si conseguía maquillarse como Madonna, no importaría que no bailara tan bien.
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La joven explicó que en la puerta de Aliide habían escrito tiblia, "sucia rusa", y Magadan.
(...)
- ¡Vosotros también mereceríais que os mandasen a Siberia! ¡Os estaría bien empleado!
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Se volvió y le dio la espalda al temor.
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Si la guerra estallaba al fin y los rusos salían vencedores, cosa que pasaría sin duda, entonces no tendría ningún problema, la verdad. ¿Qué problema iba a tener una vieja babushka roja? Pero aun así, ojalá no hubiese más guerra.
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Durante el último año, había olvidado todo lo relacionado con la vida normal, cómo se conocía gente, cómo conversar, y no lograba una manera sutil de acabar con aquel silencio.
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Y ahora, al mirar la instantánea, veía algo que hasta entonces no había comprendido: en la cara de las muchachas había (...) una expresión previa a la experiencia de la realidad.
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Nadie se atrevía a salir. La tierra se retorcía bajo la marea de dolor y cada una de las tumbas cavadas en territorio estonio se hundía por alguna de sus esquinas, como prediciendo más muertos en la familia.
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Los fantasmas de las dueñas alemanas de las mansiones se lamentaban bajo sus pies. (...) No dejó que eso la molestase a pesar de que se sentía como en cada ajena, en un sitio equivocado, en la habitación de los señortos. Era una sensación parecida a la que había experimentado en aquella iglesia ortodoxa reconvertida en almacén de grano.
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Su padre tenía razón, las estaciones especiales presagiaban circunstancias especiales. (...) En aquellos momentos no tenía tiempo para predicciones de viejos, porque nunca decían nada sobre cómo había que actuar cuando llega una estación especial, aparte de preparar las maletas y esperar lo peor.
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La única diferencia entre Hans y el resto de la gente de mirada esquiva era que él seguía hablando sin titubear. Su mente seguía creyendo en lo mismo, pero su cuerpo cambiaba a medida que lo hacía el mundo exterior, aunque no tuviese un contacto real con él.
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La comida más limpia de Estonia se enviaba a Moscú y a los estonios les daban mercancía que venía de lugares que por alguna razón no gustaban a los moscovitas.
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...siempre llegaba una bota nueva, igual o diferente, pero que siempre pisaba la garganta del mismo modo. Las trincheras se habían cubierto de tierra y vegetación, los casquillos en los bosques se habían oscurecido, los refugios subterráneos se habían derrumbado, los caídos se habían descompuesto, pero ciertas cosas no cambiaban.
