LA ISLA DE LA ÚLTIMA VERDAD, Flavia Company
Lo que le quedaba era la vida, un bien que, según en qué circunstancias, es relativo.
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Bastante desgracia tenía, mi pobre doctor Prendel, con ser incapaz de reconocer a nadie del pasado, como si haber naufragado le hubiera borrado la memoria. Más tarde llegué a la conclusión de que no era amnesia sino rechazo.
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Decía que un naufragio era una experiencia tan íntima que, por poco pudor que se tuviera, uno debía guardársela para sí mismo.
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Prendel sabía muy bien que todo el mundo lleva dentro a alguien con ganas de romper con la rutina, alguien con ganas de demostrarse que es singular (...) Todo el mundo lleva en su interior a alguien que se cree mejor que el que vive ahí fuera.
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Dar sentido a las cosas forma parte inevitable de las aspiraciones humanas.
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...para sentir la libertad de no estar en el lugar que le ha sido asignado y rendir cuentas sólo consigo mismo.
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Uno no escapa cuando está buscando otra cosa, y él había visto que la vida podía ser otra cosa. Que habia otras posibilidades. Navegar era una manera de buscarse.
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Quizá por eso le había ido tan bien navegar en solitario, para llegar a entender la fina pero capital diferencia entre culpa y responsabilidad.
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¿Es eso la victoria? ¿La adaptación? ¿En qué consiste el triunfo de un hombre? ¿En sobrevivir o en escapar?
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¿Era posible que la vida fuera tan sólo aquella espera por ver si sucedía algo? ¿No podía consistir, más bien, en hacer que algo sucediera?
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No era un hombre feliz, aunque sí era amo de su tiempo, de sus decisiones, de su vida.
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Los días transcurrían como transcurren cuando no hay esperanza alguna, como el viento sobre la tierra, sin intención. Dejé de marcar el paso del tiempo en la roca. Si uno no sabe qué pasa, uno no vive, no es consciente de que vive.
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Las únicas mentiras que importan son las que tienen el poder de transformar la vida, ¿no le parece?
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Había días en que estaba a punto de enloquecer, en que dudaba de mi existencia o, más que dudar, en que me daba cuenta de su intrascendencia.
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En estos momentos no necesitan un conocido, en el sentido profundo del término, sino un compañero, alguien al lado que le hable, que diga lo que sea, que lo humanice.
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Pruebas, pruebas, para todo pedimos pruebas. No tenemos suficiente con la palabra del otro, necesitamos que nos demuestre lo que dice. Esa es nuetra tragedia.
