EL AGUJERO DE HELMAND, Carlos Fidalgo
El río Helmand parece una serpiente desde el aire. (...) Los afganos cultivan opio en este valle. (...) Aquí sólo hay polvo y viento. Y un río alargado que no encuentra el mar. (...) Aquí sólo hay muerte. Marines y algunos guardias galeses. Y una roca. Un promontorio que ya usaron las tropas de Alejandro Magno como puesto de observación, según cuentan los afganos.
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El suelo de la base es de grava, y el calor, siempre el calor, nos adormece, como el opio.(...) Algunas noches no como porque todo me sabe a arena.
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No sabemos nada de este país de viento y polvareda, pero aquí estamos. En el centro de Asia.
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Los reclutas del nuevo ejército afgano y de la Policía de Fronteras, que vienen a formarse a la base de vez en cuando, no son muy diferentes del resto. Reciben instrucción durante dos semanas y luego les organizamos una ceremonia de graduación, para que sientan que compartimos el mismo objetivo. Tiempo perdido.
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Los del Departamento de Asuntos Civiles también contribuyen a la pantomima cuando organizan reuniones con líderes tribales para que convenzan a los campesinos de que deben olvidarse del opio.
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Esperamos. (...) Esperar. Esperar. Esperar a que la OTAN, o el presidente, la verdad es que nunca he sabido muy bien quién manda aquí, preparen la invasión de los distritos del sur, donde los talibanes se esconden al abrigo de la frontera con Pakistán. Los talibanes. Todavía no he visto a ninguno de cerca. Son una sombra. Una leyenda negra. Y nos nos dejan ir a por ellos.
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"Es Ahmad Zahir. Lo mataron los comunistas. (...) A los talibanes tampoco les gustaba su música -dice del hombre de la foto- y derribaron su mausoleo en el cementerio de Kabul para que la gente dejara de visitarlo. Ahora lo han vuelto a reconstruir".
"Quién lo iba a decir", escupe Henderson. "Resulta que estos tipos también tienen sus ídolos".
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Y desde la ventanilla, veo cómo se abren las puertas del blindado que ha pisado una mina, justo detrás del nuestro, y tiene los neumáticos reventados. Veo salir a cuatro o cinco compañeros aturdidos y es lo peor que podían haber hecho, porque al momento comienzan a tirotearles.
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Henderson desaparece seis noches después. Amanece y ya no está en su posición. (...) Un soldado norteamericano en manos de los talibanes es una bomba de relojería. Un arma más efectiva que una detonación.
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Un viento seco, cortante, se filtra por la tela de mi uniforme, me traspasa la piel, me hiela el aliento. Me deja sin voz, esa voz que me habla.
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"Cuéntame algo de Alejandro", me pide mi compañero. Es la primera vez que le veo interesado. "¿De verdad pasó por aquí?".
"Ya te dije que estaba buscando el fin del mundo".
(...)
"¿Y por qué no buscar el principio?", pregunta enlazando el pensamiento con una frase. "El principio del mundo".
"Eso es muy filosófico, Hines. Empiezas a preocuparme".
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"Dios mío", escucho decir a Hines. "¿Es Di Cesare?".
"Es posible", dice el sargento con una ausencia de emoción que después me causará escalofríos. Cuando se aparta, descubrimos que al cuerpo le falta la cabeza.
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Todavía me estoy riendo, convencido de que este lugar extraño proyectará mis obsesiones en cualquier momento.

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22 Julio 2011 | 05:41 PM