LA HISTORIA DEL AMOR, Nicole Krauss
Nota del editor: Hoy hace cinco años que se abrió este blog. Con este mismo libro. Lo he releído como experimento para comprobar su utilidad. Estoy convencido de que lo que subrayé y transcribí -que es la esencia de "escuchoconlosojos"- hace cinco años será similar pero no exactamente lo mismo. Seguro que todo lo leído es este tiempo me ha cambiado, me ha hecho otro, pero siendo el mismo. A todos los que alguna vez habéis consultado este blog, gracias. Espero haberos aportado algo.
A menudo me pregunto quién será la última persona que me vea con vida. (...) Lo único que quiero es no morirme un día en que nadie me haya visto. (...) La soledad: no hay órgano que pueda asimilarla sola.(...) Tres golpes quiere decir ¿aún vives?
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Un par de meses después del infarto y cincuenta y siete después de haber abandonado, volví a empezar a escribir. Lo hacía sólo para mí, para nadie más, y ahí estaba la diferencia. No importaba si encontraba las palabras, es más, yo sabía que será imposible encontrar las palabras justas. Y porque aceptaba que lo que una vez creí posible era imposible en realidad, y porque sabía que de aquello nunca enseñaría ni una palabra a nadie, escribí una frase:
"Érase una vez un niño".
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Érase una vez un niño. Vivía en un pueblo que ya no existe, en una casa que ya no existe, al borde de un campo que ya no existe, en el que todo se descubría y todo era posible. Un palo podía ser una espada. Una piedra podía ser un brillante. Un árbol, un castillo.
Érase una vez un niño que vivía en una casa que estaba al borde de un campo y al otro lado del campo, vivía una niña que ya no existe. Los dos se inventaban mil juegos. Ella era la reina y él era el rey. A ella le brillaba el pelo al sol de otoño, como una corona. Recogían el mundo a pequeños puñados. Cuando el cielo oscurecía, se despedían, y tenían hojas enredadas en el pelo.
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Quiero dejar esto en algún sitio: he tratado de perdonar. Y sin embargo. Ha habido épocas en mi vida, años enteros, en que la cólera ha podido conmigo. La fealdad me ha sublevado. Encontraba cierta satisfacción en el resentimiento.
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Al principio, puede parecer que estás limitándote pero luego te das cuenta de que, si captas un centímetro de algo, tienes más posibilidades de percibir cierto sentido del universo que si pretendieras abarcar todo el firmamento. Mi madre no eligió una cabeza ni una hoja. Ella eligió a mi padre y, para preservar cierto sentido, sacrificó el mundo.
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MI madre se siente sola hasta cuando está con nosotros, y a veces me duele el estómago al pensar lo que le ocurrirá cuando yo sea mayor y me vaya de casa a empezar el resto de mi vida. Otras veces me parece que nunca podré irme.
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La Edad de Cristal siguió a la Edad de Piedra, a modo de correctivo dentro de la evolución, introduciendo en las relaciones humanas una sensación nueva de fragilidad que favorecía la compasión.
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Durante un momento, se olvidó del peligro, agradeciendo que el mundo marque divisiones, para que podamos superarlas sintiendo la dicha de acercarnos al otro más y más, aun reconociendo en el fondo, con tristeza, que hay diferencias insuperables.
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Fue uno de esos inolvidables momentos de la niñez en los que descubres que hasta entonces el mundo ha estado traicionándote.
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Del mismo modo que hubo una primera vez en que alguien hizo saltar alguna chispa frotando dos palitos, hubo también un primer momento de alegría y un primer momento de tristeza. Era un tiempo en que continuamente se inventaban sentimientos nuevos. (...) Ni siquiera hoy en día existen todos los sentimientos posibles. Faltan todavía los que están más allá de nuestra capacidad y nuestra imaginación.
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Hubo un tiempo en que era normal ensartar las palabras en un hilo para guiarlas y evitar que se extraviaran por el camino hacia su destino.
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Cada cosa nueva que descubría en el mundo era una piedra más alta para aquella pared, hasta que un día comprendí que me había exiliado de un lugar al que nunca podría regresar. Y sin embargo. Aquel muro también me protegía de la dolorosa clarividencia de la niñez.
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En mi soledad me reconforta pensar que las puertas del mundo, por cerradas que estén, no son infranqueables para mí.
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Y es que en el mundo existen dos clases de personas: las que prefieren la tristeza en compañía y las que prefieren la tristeza en soledad.(...) Aprendió a vivir con la verdad. No a aceptarla, sino a vivir con ella.
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Quizá sea eso lo que significa ser padre: enseñar a tu hijo a vivir sin ti.
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Al final, lo único que queda de ti son tus cosas. Quizá por eso nunca he podido tirar nada. Quizá por eso he acumulado tantas cosas: por la ilusión de que, a mi muerte, la suma de mis pertenencias sugiera una vida más grande que la vivida por mí.
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Perdí el sonido de la risa.
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¿Por qué hay que poner a los niños los nombres de los muertos? Si hay que ponerles un nombre, ¿por qué no el de cosas más duraderas, como el cielo, el mar, o incluso las ideas, que nunca mueren, ni siquiera las malas?
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...recuerdos que la consolaban aun entristeciéndola, porque con ellos se había construido un mundo en el que podía sobrevivir, aunque nadie más que ella habría podido.
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A veces se me olvida que el mundo no lleva la misma pauta que yo.
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¿Qué clase de vida? Una vida. He vivido. No ha sido fácil. Y sin embargo. He descubierto que es poco lo que no se puede soportar
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Ahora que la mía casi ha terminado, puedo decir que, para mí, lo más asombroso de la vida es la capacidad de cambio. (...) Llega un momento en que sientes euforia al descubrir lo poco que necesitas que permanezca igual para seguir empeñado en ese esfuerzo al que llaman, a falta de una palabra mejor, ser humano.
