EL LECTOR, Bernhard Schlink
Sobre su rostro de entonces se han ido depositando en mi imaginación sus rostros ulteriores. (...) Un rostro ancho, áspero, de mujer adulta. Sé que me pareció hermosa. Pero no consigo evocar su hermosura.
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No quiero decir que el pensamiento y la decisión no influyan para nada en la acción. Pero la acción no se limita a llevar a cabo lo que he pensado y decidido previamente. Surge de una fuenta propia, y es tan independiente como lo es mi pensamiento y lo son mis decisiones.
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...con posesiva minuciosidad.
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¿Por qué lo que fue hermoso, cuando miramos atrás, se nos vuelve quebradizo al saber que ocultamos verdades amargas? (...) Pero un dolor inconsciente o ignorado, ¿es dolor?
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Una Hanna capaz de llorar me resultaba más cercana que una Hanna que sólo era fuerte.
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Le pasé el brazo por la cintura; me daba igual que la gente pensase que éramos una pareja muy rara. Y estaba orgulloso de que no me importase.
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Pero el que niega a otro sabe muy bien lo que hace. Y negar una relación es una manera de socavarla tran grave como otras formas de traición más espectaculares.
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No teníamos un mundo en común; ella se limitaba a concederme en su vida el espacio que le convenía. Y yo tenía que conformarme. Querer más, incluso querer saber más, constituía una insolencia por mi parte.
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No olvidé a Hanna, desde luego, pero en algún momento su recuerdo dejó de acompañarme a todas partes. Quedó atrás, como queda atrás una ciudad cuando el tren sigue su marcha. Está allí, en algún lugar de nuestra espalda, y si hace falta puede uno coger otro tren e ir a asegurarse de que la ciudad todavía sigue allí. Pero ¿para qué hacer tal cosa?
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La cuestión era: para condenar a los guardas y esbirros de los campos de exterminio, ¿bastaba con aplicar un artículo que estuviera recogido en el código penal en el momento de sus crímenes, o bien había que tener en cuenta el modo en que se entendía y aplicaba el artículo en el momento del juicio?
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Queríamos abrir las ventanas, que entrase el aire, que el viento levantara por fin el polvo que la sociedad había dejado acumularse sobre los horrores del pasado. (...) Y con nuestro proceso de revisión y esclarecimiento queríamos condenar la vergüenza eterna de aquella generación.
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Todos nosotros condenamos a la vergüenza eterna a nuestros padres, aunque sólo pudiéramos acusarlos de haber consentido (...) Cuanto más terribles eran los hechos sobre los que leíamos y oíamos hablar, más seguros nos sentíamos en nuestra misión esclarecedora y acusadora. Aunque los hechos nos helaran la sangre de las venas, los proclamábamos a bombo y platillo. ¡Mirad, mirad todos!
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La reconocí, pero no sentí nada. No sentí nada. (...) Me asusté. Me di cuenta de que me parecía natural y justo que le aplicaran a Hanna la prisión incondicional. No por la naturaleza de la acusación, por la gravedad del delito o por la verosimilitud de la sospecha, cosas de las que yo no estaba informado con exactitud, sino porque, mientras estuviera encerrada, Hanna estaría fuera de mi mundo, fuera de mi vida.
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Todos los supervivientes que han narrado por escrito sus experiencias hablan de ese embrutecimiento, en el que las funciones de la vida quedan reducidas a su mínima expresión, el comportamiento se vuelve diferente y desaparecen los escrúpulos, y el gaseo y la cremación se convierten en hechos cotidianos.
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Sólo me pregunto si las cosas debían ser así: unos pocos condenados y castigados, y nosotros, la generación siguiente, enmudecida por el espanto, la vergüenza y la culpabilidad.
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- Bueno, yo... O sea... A ver, ¿qué habría hecho usted en mi lugar?
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Se limitó a mirarme. Su cara no pedía nada, no reclamaba nada, no afirmaba ni prometía nada. Se mostraba, eso era todo.
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Estaba seguro de que la había echado yo, sentía que la había traicionado y negado. (...) En cualquier caso, el hecho de que no fuera yo quien la había echado no significaba que no la hubiera traicionado. (...) Y si no era culpable por traicionar a una criminal, ya que eso no puede ser motivo de culpa, sí lo era por haber amado a una criminal.
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Las ventanas no expandían esl espacio hacia el exterior, hacia el mundo, sino que lo capturaban, lo reducían a un cuadro colgado en la pared.
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- Pero en el caso de los adultos, desde luego, tengo muy claro que no hay justificación alguna para anteponer lo que un sujeto considera conveniente para otro a lo que éste considera conveniente para sí mismo.
(...)
En aquella época, la mezcla de abstracción y diáfana claridad de las palabras de mi padre me confundió al principio. Pero deduje que no debía hablar con el juez, es más, que no tenía derecho a hacerlo, y me sentí aliviado.
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Pero tampoco los verdugos condenados a muerte, y sin embargo los ejecutan. Se lo han ordenado así.
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- No estoy hablando de la obediencia debida. El vergudo no obedece órdenes. Simplemente hace su trabajo; no odia a las personas que ejecuta, no lo hace por venganza, no las mata porque se interpongan su camino o lo amenecen o lo ataquen. Le son completamente indiferentes. Tan indiferentes, que la da lo mismo matarlas o no matarlas.
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Recordé mi intento frustrado de imaginarme un campo de concentración lleno, con prisioneros y soldados, de imaginarme de una manera concreta todo aquel sufrimiento. (...) Ya de regreso, encontré más abajo, en la misma ladera, una cada pequeña, situada frente a un restaurante. En tiempos aquella casa había sido la cámara de gas.
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¿Por qué no fui capaz de hablar con Hanna? (...) Tampoco sentía la necesidad de hacer algo por ella. Sentía cómo la anestesia con que había asistido a los horrores del proceso se aporedaba ahora también de mis sentimientos y pensamientos de la semana anterior. Exageraría si dijera que me alegraba de que fuera así. Pero sí sentí que era algo bueno. Que aquello me permitiría volver a mi vida cotidiana y seguir viviendo con ella. (...) Sí, huí, y al hacerlo me sentí aliviado.
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Toda generación tiene el deber de rechazar lo que sus padres esperan de ella. En este caso resultaba más fácil, ya que esos mismos padres quedaban desautorizados por el hecho de no haber sabisdo plantar cara al Tercer Reich, ni siquiera a posteriori.
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Pero los hijos que no podían o no querían reprocharles nada a sus padres también se veían confrontados con el pasado nazi. Para ellos, la revisión crítica del pasado no era la forma que adoptaba exteriormente el conflicto generacional, sino el problema en sí mismo.
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Al tener el coraje de aprender a leer y escribir, Hanna había dado el paso que llebava de la minoría a la mayoría de edad, un paso hacia la conciencia.
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...la severa belleza propia de la letra de los ancianos que han escrito poco en la vida.
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Y, ¿sabes una cosa?, cuando nadie te entiende, tampoco te puede pedir cuentas nadie.
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Los estratos de nuestra vida reposan tan juntos los unos sobre los otros que en lo actual siempre advertimos la presencia de lo antiguo, y no como algo desechado y acabado, sino presente y vívido.
