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La Coctelera

escuchoconlosojos

3 Octubre 2008

BAJO EL VOLCÁN, Malcom Lowry

Aunque la tragedia estaba transformándose en algo irreal y sin significado, parecía que aún era permitido recordar los días en que la vida personal tenía algún valor y no era una simpe errata en algún comunicado.

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La guerra, salvo en su aspecto dañino, no le inspiraba muchos sentimientos. Uno u otro bando acabaría ganando. De cualquier manera, la vida sería ardua. Aunque, si perdieran los aliados, sería más penosa aún. Y en ambos casos, la lucha individual proseguiría.

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El perfil de un arado ruinoso levantaba los brazos al cielo en muda súplica.

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...con encontrarle un símil no vamos a cambiar nuestro destino.

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Pero lo peor de todo es: sentir que se muere el alma. Me pregunto si, porque en verdad ha muerto mi alma esta noche, siento en este momento algo semejante a la paz.

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Te escribí muchas veces. Te escribí hasta que mi corazón se quebró.

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La voluntad del hombre es inconquistable.

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El periodismo equivale a la prostitución intelectual masculina del verbo y la pluma.

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Y, sin embargo, persistía esa trivialidad: que el pasado había pasado irrevocablemente. Y el hombre estaba dotado de conciencia para lamentarló sólo en la medida en que pudiera cambiar el porvenir.

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No hay paz que deje de pagar pleno tributo al infierno...

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...y las tinieblas que, surgidas de la nada, vendrán galopando por los campos de la mente.

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Y, a pesar de ello, ¿adónde volver la mirada para hallar claros valores de rectitud?

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- ¿No te queda nada de ternura ni de amor por mí? -preguntó Yvonne de repente, casi con voz lastimosa, volviéndode hacia él, y pensó el Cósnul: Sí, te amo, me queda todo el amor del mundo por ti, sólo que ese amor parace tan alejado de mí, y también tan extraño, porque es como si casi pudiera oírlo, como un zumbido o un llanto, pero distante, muy distante, y como un triste murmullo perdido que puede ser que se acerque o se aleje, no sabría decirlo.

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El Cónsul contempló el sol. Pero había pedido el sol: no era su sol. Como la verdad, era casi imposible verlo de frente.

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Las palabras araban débiles surcos de fatiga en la mente...

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...permíteme creer, por favor, que no todo es un abominable engaño de nosotros mismos (...) líbrame de esta horrenda tiranía de mí mismo. Me he hundido muy bajo. Permíteme hundirme aún más para que así pueda llegar a conocer la verdad. (...) Haz que me quede de veras solo para que pueda orar honestamente.

 

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Es lo que merezco... Es lo que soy.

 

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"Es este silencio lo que me aterra... este silencio...". El Cónsul releyó varias veces esta frase, la misma frase, la misma carta, todas las letras, vanas como las que llegan a puerto a bordo de un barco y van dirigidas a alguien que quedó sepultado en el mar.

 

 

 

 

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Sobre mí

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.

Desde la torre, Quevedo

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