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La Coctelera

escuchoconlosojos

5 Septiembre 2008

HISTORIA DE UNA MUJER, Marcelo Birmajer

Eugenio puede resultar un hombre inofensivo, tal vez ingenuo. Pero Eugenio Turacci, este Eugenio, no encontraba otro modo de superar la impresión que la belleza de su mujer ejercía sobre él más que moliéndola a palos.

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De Turacci, la impresionó la aridez y el desdén. (...) Había un dejo, un misterio, en su violencia, en su negativa a mostrarle el departamento donde vivía, en su negativa a confesarle de qué trabajaba, en el modo despreocupado con que tomaba decisiones respecto de ambos sin consultarla, que lo diferenciaba de todos sus anteriores pretendientes.

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Pero cuando Isabel decidió que estaba loco fue la noche en que le dijo sin dramatismo: "La verdad es que te pego porque se me da la gana". (...) A Isabel le hubiera gustado que Eugenio bebiera o se drogara, para poder adjudicar su descontrol a alguna sustancia o circunstancia externa.

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Un resabio, muy lejano, casi imperceptible, de decepción, surcaba la cabeza de Isabel cuando pensaba que Eugenio ni siquiera se había molestado en preguntarse por ella, pero no se atrevía a confesarse a sí misma este sentimiento.

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...un hijo, una criatura que nunca se termina de comprender ni amar.

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Bordenave se puso la mano en el mentón para mirarla. Le extrañó a Isabel: después de Eugenio Turacci, éste era el primer hombre que no vacilaba ante ella. Isabel se había acostumbrado a considerar su encanto como una suerte de mostruo o tirano que la acompañara, y frente al cual los hombres se arrodillaban o gritaban, sin reparar en ella.

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Porque la vida dura del orfanato le había enseñado sin roerlo, era uno de esos escasos milagros de persona que logran aprehender el sentido de la sordidez sin rendirse a ella.

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El problema de esperar es que puede llegar cualquier cosa.

 

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...sino del encuentro impreciso entre hombre y mujer, de la denominación tácita por la cual se consideran una "pareja" o uno puede llamar a la otra "mi mujer", y ésta referirse a él como "mi marido"; no en las frases, sino en los pensamientos.

 

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Te ruego no me pidas su nombre; como dice el tango: "El hombre no es culpable en estos casos".

 

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La vida en casa de la familia Harro, co Isabel desocupada, se complicó. No tanto para Ernesto: sumado de por sí a su de por sí maníaca mejoría, ver a su mujer sin la superioridad de ser la única trabajadora del grupo le infundía nuevos bríos.

 

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Las mujeres se acostaban con mayor facilidad con aquellos hombres que las desvalorizaban, pero los hombres se sentían valorizados por el sólo hecho de que una mujer se acostara con ellos.

 

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De ser así, alguna vez, en la ancianidad, debería confesarle a Isabel que una noche había narrado sin espacios en blanco, a los muchachos del bar La Humedad, el primero de sus encuentros. Había roto aquel pacto de silencio por mera vanidad, por la incontinencia del macho presuntuoso.

 

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Se sentía madura. Alguna vez había escuchado de oídas que un filósofo griego, en su senectud, se declaró libre porque ya no deseaba. Ella se sentía libre porque ya no se creía deseada.

 

servido por escuchoconlosojos 2 comentarios compártelo

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

lascosasdepepe

lascosasdepepe dijo

estupendo post.

buen fin de semana.

un abrazo.

5 Septiembre 2008 | 06:15 PM

Carlos Paredes Leví

Carlos Paredes Leví dijo

He sucumbido ante la excitación que emana de algunos párrafos y he sufrido la amargura que se desprende de ver a la belleza sucumbir ante las realidades de la vida. Entregas sexuales sin amor, convivencia sin pasión y vidas marcadas por infelicidades, traumas o fracasos.
Para colmo, este melancólico y puto otoño madrileño me trajo nostalgias pasadas de mis errores, exacerbando mi actual estado de momentáneo sentimentalismo....
Voy a recordar este libro durante bastante tiempo, más que otros del autor y que también he leído, como "Tres mosqueteros" e "Historias de hombres casados".
Un saludo..

16 Diciembre 2008 | 01:25 PM

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Sobre mí

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.

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