JUNTOS, NADA MÁS, Anna Gavalda
- El problema es que nadie puede vivir si expresarse.
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Su pecho de abrió en dos y liberó un enorme sollozo.
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Vivías sola desde hace casi veinte años, pero seguías poniéndote un mantel limpio, una vajilla bonita, una copa para el agua y flores en un jarrón.
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Las noches se te hacían un poquitín más largas, ¿verdad? (...) Dabas una vuelta por la casa, arropándote bien en tu chal, y cerrabas las persianas. Ese ruido, el ruido de las persianas que crujen en la penumbra lo oyes todavía, y lo sé porque a mí me pasa igual.
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- Pfff... la simpatía también me deprime, mira lo que te digo...
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Es una batalla personal. La más invisible de todas. La más desgarradora también.
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Camille odiaba ese barrio en el que el dinero exhibía lo menos divertido que tenía que ofrecer: el mal gusto, el poder y la arrogancia.
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Era como haber retrocedido diez años en el tiempo, a una época en la que ciertas cosas aún le parecía evidentes...
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Pero dájame decirte un par de cosas antes de desearte buen viaje: la primera tiene que ver con los intelectuales, justamente... Es muy fácil descojonarse de ellos... (...) Basta con arrebatarles el libro de las manos, la guitarra, la pluma o la cámara de fotos, y ya no dan pie con bola, los muy gilipollas... De hecho, es la primera cosa que suelen hacer los dictadores: romper gafas, quemar libros o prohibir conciertos, no les sale caro, y les puede evitar más de un problema más adelante...
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Aquí sigo, pisoteando mi amor propio para no arriesgarme a perderlo...
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- ¿Estás dormido? -le preguntó Camille al cabo de un ratito.
- No.
- ¿En qué piensas?
- En nada.
- ¿En tu juventud?
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No conseguía yuxtaponer a la Camille que se abandonaba y la Camille que permanecía al acecho. Siempre una de las dos miraba a la otra frunciendo el ceño.
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Y sigue así. Sé liviana...
