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La Coctelera

escuchoconlosojos

16 Enero 2008

DIENTES DE LECHE, Ignacio Martínez de Pisón

...como un aire de familia que no residía en este o aquel rasgo concreto sino en una serie de semejanzas menores que muy bien podrían ser adquiridas y no heredadas.

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La imagen del nieto y el abuelo vestidos de fascistas tenía de todas formas algo de parodia, de una parodia involuntaria en la que un niño remeda la grandiosidad de los gestos de un viejo y lo reduce a lo que de verdad es, simple y hueca afectación.

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Pero también las palabras formaban parte del ritual...

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Aparentemente se habían querido sólo porque sí, porque uno era el abuelo y el otro el nieto: el tipo de afectos firmes y duraderos que se establecen en el seno de la familia.

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O incluso fascismo, que, a diferencia del falangismo, no era un instrumento para hacer política sino una forma de vivir y entender la vida. (...) Se trataba sin duda de una ensoñación, la fantasía de un viejo nostálgico, y precisamente porque se encontraba fuera de los márgenes de la realidad era fácil adaptarse a ella.

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Sintió una intensa oleada de lástima por sí mismo (...) observando en el espejo su estampa de joven fascista, observándose junto al fascista de su abuelo, que mantenía el brazo en alto y le observaba con incredulidad.

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Raffaele no era fascista en Italia. Tampoco antifascista, claro. Raffaele sólonera pobre, y sólo por sacar de la pobreza a su mujer y a su hija había aceptado marchar a hacer la guerra en un país extranjero. (...) Le gustaba pensar que, gracias al ejército, había abandonado un mundo hecho de palabras pequeñas (pan, barro, sudor) y lo había sustituido por el mundo de las grandes palabras: heroísmo, futuro, civilización.

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Raffaele tuvo la impresión de que en España las mujeres eran alegres y los hombres sombríos.

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Él mismo se consideraba ya un fascista, alguien con una idea de la misión que le correspondía cumplir, y eso le hacía sentrse superior a quienes desconocían cuál era su misión en el mundo.

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Se preguntó cuántas de aquellas personas hacían el saludo fascista sólo por miedo.

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¿Por qué las casas respetaban más unas ausencias que otras? ¿Por qué se adaptaban mejor a unas que a otras? ¿Podía ser que tuvieran una especie de alma?

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Era como cuando un sabor o un olor le hacía recuperar algún recuerdo de la niñez. Por un instante lograba aliviar la sensación de pérdida, y la ilusión de que el tiempo podía ser abolido se volvían tan real como las lágrimas o la risa en alguno de sus sueños.

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¡Franco, Franco, Franco! (...) Era difícil sustraerse a esa atmósfera de triunfalismo y afirmación colectiva. (...) El problema, por tanto, no estaba en ellos sino fuera de ellos, en el exterior, en todo lo demás, y a Isabel le resultaba reconfortante creerlo porque así se veía exenta de toda responsabilidad y felizmente inhabilitada para la búsqueda de soluciones.

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Qué grande es el salto que hay entre el cero y el uno, desde luego mucho mayor que el que hay entre el uno y cualquier otro número, por elevado que sea...

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- ¡Alberto Cameroni!
(...)
Que se enamoró al menos de su nombre. Que esas dos palabras la sedujeron con la promesa de una vida superior y más intensa. Que su musicalidad extranjera le habló de mundos mejores pero accesibles y por primera vez sintió que podía ser rescatada de su ciudad, de su gente, de sí misma. (...) y ella estaba dispuesta acorrer cualquier riesgo con tal de cambiar de vida. O, por lo menos, con tal de probar otras vidas.

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Cuando se lo contó a Elisa, ésta pronunció una frase que Alberto no olvidaría jamás: Lo malo de las malas personas es que n hacen peores.

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El miedo era una de las muchas cosas (y no la menor) que le unían a su padre, y en el fondo se sabía incapaz de romper un vínculo tan poderoso. (...) Alberto se daba cuenta de que, aceptando que su padre interviniera en su vida, renunciaba a una pequeña parte de su recién conquistada libertad.

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A sus veinticuatro años, Alberto se había convertido en un hombre de costumbres. Para formar parte de su vida bastaba con formar parte de alguna de sus costumbres.

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Para Rafael, en cambio, se trataba casi de una cuestión personal, como si sólo derrocando al general Franco pudiera ajustar cuentas con su propio pasado y con padre.

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Lo quisiera o no, seguía perteneciendo a esa familia y a ese mundo. Quería a sus hermanos, quería a su tía, seguía queriendo a su madre en el recuerdo...

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A Alberto, tan refractario a los cambios, le hacía gracia que fuera precisamente Rafael, el desapegado, el desarraigado Rafael, quien hubiera preservado casi intacta la memoria de lo que había sido su ciudad de infancia y juventud.

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- ¡Habría sido lo justo!, ¿no? ¿A cuántos mató él? ¿A nuestro tío y a cuántos más? ¿Y cuándo ha pedido perdón a las víctimas? ¡Nunca! ¿Me oyes? ¿Nunca!
- ¡Y tú estabas dispuesto a convertirte en lo mismo que él!, ¡en un asesino!

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El rechazo a su figura había sido lo que finalmente había unido a los hijos. (...) Elisa pensaba que buena parte de la culpa de todo la tenía la militancia fascista de su suegro. Porque no había ideología o credo político que no se aplicara a las cosas pequeñas de la vida, y el fascismo envenenaba todo lo que tocaba.

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2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

alison      alison villanuevabhffherytcgfdsoiyvghbbvbbvgjfcllkjjalisonjgdfaime

alison alison villanuevabhffherytcgfdsoiyvghbbvbbvgjfcllkjjalisonjgdfaime dijo

ljghbjmrysvbjk

8 Abril 2008 | 02:33 AM

julia

julia dijo

He leido el libro y me ha gustado mucho.Ahora lo estamos leyendo en un club de lectura del instituto donde trabajo y nos gustaría contactar con el autor. ¿alguien sabría decirme cómo es posible? Nos gustaría contar con él para traerlo a nuestro Centro y a nuestro club.

24 Diciembre 2008 | 08:17 PM

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Sobre mí

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.

Desde la torre, Quevedo

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