LÉXICO FAMILIAR, Natalia Ginzburg
Esas frases (...) son el testimonio de un núcleo vital que ya no existe, pero que sobrevive en sus textos, salvados de la furia de las aguas, de la corrosión del tiempo. Esas frases son la base de nuestra unidad familiar, que subsistirá mientras permanezcamos en el mundo, recreándose y resucitando en los puntos más diversos de la tierra.
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Y mi madre, que no veía por qué la ingenuidad debía ser un defecto...
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Durante años, le guardó por ello un mudo rencor...
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También habían detenido a Giulio Einaudi y a Pavese, a los que mi padre conocía poco, o tan sólo de nombre. Pero él (lo mismo que mi madre) se sentía halagado por el hecho de que Alberto estuviera con ellos. Porque al verle mezclado con aquel grupo (del que sabía que hacían una revista llamada La Cultura), le parecía que de pronto había entrado a formar parte de una sociedad más digna.
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Decía que cuando uno escribía algo no era necesario publicarlo, bastaba con haberlo escrito (...) No había ninguna necesidad de que quedase para la posteridad, porque la posteridad no tenía ninguna importancia.
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Mi padre y mi madre nunca habían sido nacionalistas, al contrario, odiaban el nacionalismo bajo todas sus formas. Pero les parecía qua aquel desprecio por Italia les incluía a ellos, a todos nosotros, a nuestras costumbres, a toda nuestra vida.
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Se había creado un código de vida en el cual la autoridad paterna, que sólo consistía en algún rito ocasional y triste, no tenía el más mínimo peso.
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Su espíritu no sabía envejecer y no conoció nunca la vejez, que consiste en quedarse humillados en un rincón llorando el desmoronamiento del pasado.
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La posguerra fue una época en que todos creían ser poetas, y todos pensaban ser políticos.
