EL NIÑO CON EL PIJAMA A RAYAS, John Boyne
La casa nueva tenía algo que hizo pensar a Bruno que allí nunca se reía nadie; que no había nada de qué reírse y nada de qué alegrarse.
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- ¿Qué significa exactamente el futuro inmediato? -quiso saber Bruno, sentándose en el borde de la cama.
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Abrió la puerta y entonces Padre lo llamó. Se levantó y enarcó una ceja, como si su hijo hubiera olvidado algo. Bruno lo recordó en cuanto le hizo el saludo. Lo imitó a la perfección: juntó los pies y levantó un brazo antes de entrechocar los talones y articular con voz fuerte y clara -lo más parecida a la de Padre- las palabras con que siempre se despedían los soldados:
- Heil, Hitler! -Lo cual, suponía él, significaba algo como "Hasta luego, que tengas un buen día".
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- ¿Por qué no te la preparas tú? -le espetó Bruno.
- Porque ella es la criada -replicó Gretel-. Para eso está aquí.
- No está aquí para eso -le gritó Bruno; se levantó de la cama y fue derecho hacia su hermana-. No está aquí para hacérnoslo todo, ¿sabes? Y menos aún las cosas que podemos hacer nosotros mismos.
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Todas las personas de aquel campo llevaban la misma ropa, aquellos pijamas y gorras de rayas; y todas las personas que se paseaban por su casa (excepto Madre, Gretel y él) llevaban uniformes de diversa calidad y con diversos adornos, gorros, cascos, llamativos brazaletes rojos y negros, e iban armadas y siempre parecían tremedamente serias, como si todo fuera importante y nadie debiera pensar lo contrario.
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Había una ventanita, pero a mí no me gustaba mirar por ella porque veía el muro y odiaba el muro porque nuestra casa de verdad estaba al otro lado. (...) la alambrada no está ahí para impedir que nosotros vayamos al otro lado. Está para impedir que ellos vengan aquí.
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Su amigo se volvió en el preciso instante en que Bruno daba el toque final a su disfraz calándose la gorra. Shumel parpadeó y meneó la cabeza. Era extraordinario. Si no fuera porque Bruno no estaba tan delgado ni tan pálido como los niños de su lado de la alambrada, habría cosrado distinguirlo de ellos. Casi podía decirse (o eso pensó Shumel) que en realidad eran todos iguales.
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Bruno cerró los ojos un instante y sintió cómo lo mojaba la lluvia. Cudno volvió a abrirlos, ya no estaba desfilando, sino más bien siendo arrastrado por toda aquella gente. Lo único que notaba era el barro pegado por todo el cuerpo y el pijama adhiriéndose a su piel por efecto de la lluvia. Anheló estar en casa, cotemplando el espectáculo desde lejos, y no arrastrado por aquella multitud. (...) Y entonces la larga habitación quedó a oscuras. Pese al caos que se produjo, de algún modo Bruno logró seguir sujetando la mano de Shumel; no la habría soltado por nada del mundo.
