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La Coctelera

escuchoconlosojos

26 Abril 2006

DONDE EL CORAZÓN TE LLEVE, Susanna Tamaro

Lo habrías hecho con entrega (cuidarme), pero, con el tiempo, esa entrega se habría convertido en rabia y odio. Odio, porque pasarían los años y tú habrías desperdiciado tu juventud; porque mi amor, con el efecto de un bumerang, habría encerrado tu vida en un callejón sin salida.

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No temas, no quiero pontificar ni entristecerte, tan sólo charlar un poco con esa intimidad que antaño nos unía y que hemos perdido durante los ultimos años. Por haber vivido tanto tiempo y haber dejado a mi espalda a tantas personas, a estas alturas sé que los muertos pesan, no tanto por la ausencia, como por todo aquello que entre ellos y nosotros no ha sido dicho.

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La infancia y la vejez se parecen. En ambos casos, por motivos diferentes, somos más bien inermes, todavía no participamos -o ya no participamos- en la vida activa y eso nos permite vivir con una sensibilidad sin esquemas, abierta. Es durante la adolescencia cuando empieza a formarse alreredor de nuestro cuerpo una coraza invisible.

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...egoísmo, porque confiaba en que mi amor fuese tan grande como para cubrir la ausencia del suyo, tanto como para impedirte sentir un día nostalgia de ella y preguntarme: "¿Quién era mi madre, por qué murió"?.

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Hay verdades que llevan consigo una sensación de liberación y otras que imponen el sentido de lo tremendo.

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Para mi padre, como para mi madre, los hijos eran ante todo una obligación mundana. En la misma medida en que se desentendían de nuestro desarrollo interior, trataban con extrema rigidez los aspectos más banales de la educación. A la mesa tenía que sentarme erguida, con los codos pegados al cuerpo. Que al hacerlo pensara solamente en cuál sería la mejor manera de suicidarme, no tenía la menor importancia. La apariencia lo era todo, más allá sólo existían cosas incovenientes.

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El amor no conviene a los perezosos, para existir en plenitud exige gestos fuertes y precisos. ¿Comprendes? Yo había disfrazado mi cobardía y mi indolencia con los nobles ropajes de la libertad.

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A los doce, a los trece, a los catorce años, ya estaba en posesión de una triste estabilidad muy mía.

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Y, sin embargo, toda esa libertad, toda esa aparente felicidad, a medida que pasaba el tiempo la sentía cada vez más falsa, más forzada. La soledad, que al principio me había parecido un privilegio, empezaba a pesarme.

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Para odiar a alguien es necesario que te hiera, que te haga daño. Augusto no me hacía nada, ésa era la cuestión. Es más fácil morirse de nada que de dolor: una puede rebelarse ante el dolor; ante la nada, no.

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¿Sabes cuál es el error en el que siempre incurrimos? El de creer que la vida es inmutable, que una vez metidos en unos raíles hemos de recorrerlos hasta el final. En cambio, el destino tiene mucha más fantasía que nosotros.

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Es extraño, pero con la muerte de Augusto me di cuenta de que la muerte, en sí misma, ella sola, no acarrea ninguna clase de dolor. Hay un vació repentino -el vacío es siempre igual- pero justamente es en ese vacío donde cobra forma la diversidad del dolor. (...) Tal vez ahora puedas entender lo que te dije al principio: los muertos pesan, no tanto por su ausencia, como por lo que entre nosotros y ellos no ha sido dicho.

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Sobre mí

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.

Desde la torre, Quevedo

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