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La Coctelera

escuchoconlosojos

23 Abril 2006

LA HISTORIA DEL AMOR, Nicole Krauss

Érase una vez un niño. Vivía en un pueblo que ya no existe, en una casa que ya no existe, al borde de un campo que ya no existe, en el que todo se descubría y todo era posible. Un palo podía ser una espada. Una piedra podía ser un brillante. Un árbol, un castillo. Érase una vez un niño que vivía en una casa que estaba al borde de un campo y, al otro lado del campo, vivía una niña que ya no existe. Los dos se inventaban mil juegos. Ella era la reina y él era el rey. A ella le brillaba el pelo al sol de otoño, como una corona. Recogían el mundo a pequeños puñados. Cuando el cielo oscurecía, se despedían, y tenían hojas enreredadas en el pelo. Érase una vez un niño que amaba a una niña, y la risa de ella era como una pregunta que él quería pasar la vida contestando.

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Quiero decir esto en algún sitio: he tratado de perdonar. Y sin embargo. Ha habido épocas en mi vida, años enteros, en que la cólera ha podido conmigo. La fealdad me ha sublevado. Encontraba cierta satisfacción en el resentimiento. Le abría la puerta. Lo cultivaba. Miraba al mundo con malos ojos. Y el mundo me miraba a mí con malos ojos. Nos quedábamos trabados en una mirada de mutua repulsión. (...) Los primeros días fueron extraños. Tuve que practicar la sonrisa delante del espejo. Pero la recuperé. Fue como quitarme un peso de encima. Yo me desembaracé de algo y algo se desembarazó de mí.

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Conserva su amor por él tan vivo como lo estaba en el verano en que se conocieron. Por eso ha dado la espalda a la vida. (...) Ella eligió a mi padre y, para preservar cierto sentido, sacrificó el mundo.

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Mi madre se siente sola hasta cuando está con nosotros, y a veces me duele el estómago al pensar lo que ocurrirá cuando yo sea mayor y me vaya de casa a empezar el resto de mi vida. Otras veces me parece que nunca podré irme.

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No sé qué decir de él sino que me ha conmovido del modo en que uno desea que lo conmueva cada libro que empieza a leer.

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Todas estas peculiaridades se perdieron en el olvido, como las de tantos otros que nacen y mueren sin que nadie se tome la molestia de ponerlas por escrito. (...) Él no podía saberlo, pero un ejemplar de la primera edición debía cambiar la vida de una persona... o de más de una.

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Esos malentendidos tembién tenían sus ventajas, porque daban la oportunidad de decir: "Perdona, sólo me rascaba la nariz. Por supuesto que sé que hago bien queriéndote".

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Cogerse las manos, por ejemplo, es la manera de recordar lo que siente la pareja cuando callan juntos.

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Así pues, se limitaba a tenerlo en el escaparate, con la esperanza de que el lector idóneo lo descubriera.

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...uno cambia y cambia. Uno se convierte en perro, en pájaro o en una planta que siempre se tuerce hacia la izquierda.

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Que al levantarme por la mañana pueda calentarme las manos en la taza de té. Que pueda contemplar el vuelo de las palomas. Que, al final de mi vida, Bruno no me haya olvidado.

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Yo no creía en Dios y, en su lugar, escribí a mi padre: "Querido papá: te escribo esto con el bolígrafo que me regalaste. (...) Te escribo esto a pesar de que sé que no puedes leerlo. Un beso, Alma."

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"Los sentimientos no son tan viejos como el tiempo" empezaba. Del mismo modo que hubo una primera vez en que alguien hizo saltar una chispa frotando dos palitos, hubo también un primer momento de alegría y un primer momento de tristeza. (...) Es posible que la emoción más vieja del mundo fuera la de sentirse conmovido; pero describirla -nombrarla siquiera- debía de ser como tratar de apresar algo invisible. (...) Ni siquiera hoy en día existen todos los sentimientos posibles. Faltan todavía los que están más allá de nuestra capacidad y nuestra imaginación. (...) Y entonces, por millonésima vez en la historia del sentimiento, el corazón se eleva y absorbe el impacto.

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Hubo un tiempo en que era normal ensartar las palabras en un hilo para guiarlas y evitar que se extraviaran por el camino hacia su destino.

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...todas las piezas que Alma aprendió a tocar, por melancólicas que fueran, tenían el inconfundible tono de la victoria.

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En el mundo existen dos clases de personas: las que prefieren la tristeza en compañía y las que prefieren la tristeza en soledad. (...) Aprendió a vivir con la verdad. No a aceptarla, sino a vivir con ella.

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Y entonces pensé: Quizá sea eso lo que significa ser padre, enseñar a tu hijo a vivir sin ti.

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Al final, lo único que queda de ti son tus cosas. Quizá por eso nunca he podido tirar nada. Quizá por eso he acumulado tantas cosas: por la ilusión de que, a mi muerte, la suma de mis pertenencias sugiera una vida más grande que la vivida por mí.

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¿Por qué hay que ponerle a los niños los nombres de los muertos? Si hay que ponerles un nombre, ¿por qué no el de cosas más duraderas, como el cielo, el mar, o incluso las ideas, que nunca mueren, ni siquiera las malas?

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...encendí la linterna y leí otro trozo de La historia del amor. Pensaba que si lo leía con atención, quizá pudiese descubrir algo real sobre mi padre y sobre las cosas que él habría querido decirme si no hubiera muerto.

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A veces se me olvida que el mundo no lleva la misma pauta que yo. Que las cosas no están muriendo o que si mueren renacerán con sol y el estímulo habitual. A veces pienso: Yo soy más viejo que ese árbol, más viejo que este banco, más viejo que la lluvia. Y sin embargo. No soy más viejo que la lluvia. Hace años que cae y seguirá cayendo cuando yo me vaya. (...) Una vida. He vivido. No ha sido fácil. Y sin embargo. He descubierto que es poco lo que no se puede soportar.

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Quería creer
De modo que lo intenté.
Y decubrí que podía.

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Le dije:
- Me llamo Alma.
(...)
- Qué casualidad -dije-. Es mi nombre favorito.

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Sobre mí

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.

Desde la torre, Quevedo

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